Evocación de Fernando Andrade A.

Por produccion - 29 noviembre, 2009 En: Columnistas -

Jorge Dávila Vázquez// Rincón de Cultura

Tenía un carisma particular: el don de ser buen amigo; la simpatía del hombre cargado de energías positivas; la pasión infinita, casi desmesurada por los libros, y, sobre todo, un amor entrañable por los suyos.

Tuve la suerte de que me contara entre sus amigos cercanos, tanto, que cuando publicó su primer libro, me lo encomendó para su presentación, como quien daba un hijo para llevarlo a la pila bautismal. Ése era el tiempo feliz de “Eco de siglos” (1983), en que la muerte parecía algo tan distante, que hasta podíamos pensar, ilusamente, que demoraría mucho en rozarnos con su guadaña.

Fernando Andrade Aguilar nació en Cuenca, en 1944; casi toda su vida la dedicó al mundo de los números, aunque su verdad estuviese en el del arte.

Vivió con su mujer y sus dos hermosas hijas una extraordinaria experiencia en Italia y España, en donde recorrió las huellas de sus ancestros, hasta llegar a Betanzos, ciudad “tan ligada al origen de su primer apellido”, como dice su amigo José Luis Pardo Caeiro. Y es precisamente él, quien ha hecho realidad el sueño de Mayoya, Ana Isabel y María Fernanda, sus tres amores: publicar “Canciones del Medievo y un poema de la Muerte Real”, aquella poesía “siempre en su corazón, pero pocas veces escrita”, como señala Pardo, con acierto. Incluso, Ma. Fernanda ilustró bellamente el libro, tomando distancias con el discurso artístico del padre, e incursionando en las líneas de su sensualidad y sus sueños medioevales, con gran sentido lírico y una poderosa línea que seduce al lector.

Estas “Canciones”, aparecidas en España, en la Coruña, en la editorial Espacio Cultura, son el precioso testimonio post mortem de un espíritu particularmente sensible, que vuelve a nosotros 9 años después de su muerte, con una intensidad, un vigor y, a veces -como cuando habla de su amigo Pablo Jaramillo Crespo o de su sobrino Gustavo Andrade Borrero-, con un profundo y genuino dolor.

“Ahora que se ha ido hasta tu sombra, árbol caído/ no dejaré de pensar que allí estabas/ que ese era tu sitio…./tú eras parte del paisaje/ y … parte de lo que amo.” El amigo, ido para siempre, era un todo con aquello sembrado en su corazón: tierra y seres, que le eran próximos, cercanos.

Gustavo atravesaba una etapa de transición, por ello, canta el poeta:
“habías dejado de ser niño/ e iniciabas tu camino de hombre.// Sólo que ya no estabas. / Fugabas, / jugabas/ con la fatalidad desconocida,/ ya no sabías dónde, / en qué tiempo, / con quién.” Versos parte de ese Poema de la Muerte Real, que anuncia el título del volumen, y revelan un hondo, genuino desgarramiento.

Pero no todo es elegía; están también los cantos gozosos, en los que evoca a las bellas imaginarias de la lejana Edad Media, ancladas en el secreto de sus sueños, o esos textos en que habla a la amada real, diciéndole: “A veces/ es importante que sepas que te quiero/ con el lenguaje de la poesía.”

Es éste un libro conmovedor, íntimo; no se lo pierdan.

3 comentarios para “Evocación de Fernando Andrade A.”

  1. Interesante testimonio, donde encontramos el libro?

  2. LOURDES dice:

    UN LLAMADO A LA REFLEXIÒN:

    AUTORIDADES DE LA PROVINCIA POR FAVOR SEAN EQUITATIVOS, ASÌ COMO DEJAN VENIR A GENTE DE OTROS PAÌSES A VENDER SUS PRODUCTOS Y LES BRINDAN LAS FACILIDADES NECESARIAS: PUESTOS, CARPAS, LUGAR PARA DESCANSAR, ETC. ASÌ TAMBIÈN DEBEN HACER CON LOS VENDEDORES QUE SON DE AQUÌ Y NO CORRETEARLOS CON LA GUARDIA CIUDADANA COMO SE NOS HACE. POR FAVOR AYÙDENNOS Y DÈJENNOS VENDER…

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