Edgar Pesántez Torres
Con esto que llaman Ley de Comunicación y que no es más que una rémora reglamentaria y conductista para los medios de comunicación social, quedaron develados los propósitos de unos y otros por dirigir el pensamiento y la expresión desde una particular óptica ideológica; lo que per se es una conculcación a la libertad. Estas libertades supremas de la especie y que están contempladas en los Derechos del Hombre de los decálogos de las más disímiles tendencias políticas, son fundamentalmente dinámicas, constituyen procesos que viven de los errores, en cuanto parten de ellos para construir el presente y el futuro, es decir es un proceso que atesora ininterrumpidamente el pasado, pero nunca dejándose avasallar por él. Entonces, no se puede hablar de libertad de pensamiento y expresión sin referirse a un proceso flexible, eminentemente dialéctico.
Qué lástima que el principal portavoz de designios superiores -no ciertamente el autor de la Ley-, se haya ido de vacaciones por tierras europeas, luego de dejar asegurado que el Proyecto remendado por una fanesca de ideólogos tenga el saludo mahometano de los demás prosélitos. Quizá en su travesía por el Viejo Continente el señor Rolando Panchana, perciba que en esos países no se arrogan funciones profesionales como él lo hizo antes de encaramarse en el poder, y también conozca que los periodistas europeos cuentan con una Carta de Libertad de Prensa desde hace escasos 5 meses, en la que se recopilan todos los derechos de los informadores con el fin de que puedan ejercer su trabajo sin presiones. La Carta cuenta con 10 artículos, en donde se formulan los principios para la independencia del Estado.
Bastante se ha dicho sobre la Ley, aun cuando redundando en cosas insustanciales y sin profundizar en concepciones doctrinarias. Lo que se ha hecho es ahondar en tema del control de medios y periodistas para fines coyunturales, como aquel artículo de mayor interés para el poder Ejecutivo que dice relación al Consejo de Comunicación, un ente omnisciente y omnipotente, una entelequia celestial que dirigiría el pensamiento, la expresión, la información y la difusión, que además sea quien interprete que interprete los mensajes para poder y saber actuar “con libertad”.
Si hay que crear una instancia reguladora, no controladora, debe llamarse Consejo de Medios de Información Colectiva, que sea la encargada de promover, crear y ejecutar normas procedimentales, para crear un equilibrio entre vigencia y eficacia normativa. Este Consejo, de no existir intereses preconcebidos, debe ser un organismo no gubernamental que actúe de mediador entre los distintos sectores del Estado, los medios y el público. Entonces su conformación debería estar constituido por representantes de los medios, del público, del Estado y de las universidades.
Al escribir este artículo, la auto prórroga para esta Ley se habrá concluido y solo queda esperar que los asambleístas se nutran de reflexiones para que prime la tolerancia y la honradez intelectual, a fin de que no admitan presiones ni sucumban a imposiciones alejadas del ejercicio austero del pensamiento. Si no es conveniente la Ley lo echen al tacho de basura como prometió el presidente de la Asamblea, Fernando Cordero, o voten en contra de ella, como también se pronunció la inteligente asambleísta María Paula Romo.
¡Qué cosas, señores asambleístas!: esta vez la libertad de pensar y expresarse está en ustedes; pero tengan presente que la comunicación no se constituye porque la Asamblea piense, está en las relaciones y en las interrelaciones sociales, en esto que llamamos cultura.