Hernán Abad Rodas
Hace pocos días, el Consejo Nacional de Telecomunicaciones (Conetel) dejó sin efecto el proceso de reversión de frecuencia de la radio shuar “la voz de Arutam”, y remitió el proceso a la fiscalía y a los órganos de justicia ordinaria; resolución considerada por algunos como justa y ponderada.
El desarrollado instinto de curiosidad en el hombre, obliga a la mente humana a explorar libre y a veces juguetonamente toda clase de temas y males sociales. Esta actividad mental no tiene nada que ver con la búsqueda de la supervivencia material; es un ejercicio del espíritu humano puro y simple, por esta razón no son santos de mi devoción los sensores y las formas de gobierno que tratan de controlar nuestros pensamientos.
Si la libertad de ideas es la más alta actividad de la mente humana, entonces la supresión de esta actividad, debe ser lo más degradante para nosotros como seres humanos. Eurípides definió como esclavo al hombre que ha perdido su libertad de pensar o de opinar.
Algunos políticos o gobiernos miopes, pueden pensar que la uniformidad de creencias y de ideas contribuye a la paz y al orden, pero históricamente la consecuencia es siempre deprimente para el carácter humano.
Los gobiernos que demuestran gran desprecio por el pueblo, son los que no sólo se dedican a ordenar autoritariamente la conducta interna o externa de una nación, sino que proceden también a regimentar sus pensamientos o creencias íntimas.
En la historia de la humanidad todo gobierno autocrático ha tratado de confundir la literatura con la propaganda, el arte con la política, la antropología con el patriotismo, y la religión con el culto del gobernante en vida.
Los que controlan o tratan de controlar el pensamiento, van muy lejos, marchan en contra de la misma naturaleza humana, siembran con ello las cimientes de su caída.
No hay más ladrón en este mundo que quien nos roba nuestra libertad de pensar. Privado de ella bien podríamos ponernos en cuatro patas, decir que ha sido un error todo el bípedo experimento de caminar en dos piernas, y volver a nuestra temprana postura de hace por lo menos 30.000 años.
Nada es tan precioso personal e íntimo como nuestras creencias intelectuales, morales y religiosas, no puede despertar en nosotros odio mayor, que el que sentimos por el hombre que nos priva del derecho de creer en lo que creemos, y comunicar lo que sentimos.
Cada belleza, cada grandeza nacen de un simple pensamiento, de una emoción en el seno del ser humano. Las verdaderas revoluciones que han orientado al hombre hacia la libertad, nacieron como un pensamiento en el espíritu de un hombre, o un impulso en el corazón de una mujer.
“Cuando la conducta de un gobernante es reverente, el pueblo será revente con él; cuando es filial y bondadoso, el pueblo le es leal; cuando mejora a los virtuosos y educa a los incompetentes, el pueblo se muestra ansioso por cultivar la virtud” (Confucio).
La paz, la prosperidad y la fortaleza de un Estado no radica en su riqueza, ésta debe buscarse en la sabiduría y la rectitud de sus habitantes.