Claudio Malo González
Quedaron en los archivos de la historia los imperios expansionistas que demostrando su poder bélico invadían territorios independientes, les despojaban de su mayor o menor soberanía y los convertían en partes secundarias del gran imperio, sometiéndolos a cualquier forma de explotación. El tan admirado Imperio Romano logró una gigantesca expansión para su época por este camino. La historia ha demostrado hasta la saciedad como, por caminos violentos o pacíficos, buscan las naciones amalgamadas por patrones culturales alcanzar la condición de estado y así disfrutar de soberanía.
Sin remontarnos a pasados lejanos, hace un par de décadas, luego del colapso de la Unión Soviética, se dio un robustecimiento de la búsqueda de soberanía. El imperio de los Zares logró una enorme expansión sometiendo a naciones de diversa estructura cultural, la revolución socialista mantuvo esta estructura imperial cambiando de palabras, pero las meras palabras no cambian los hechos. Quince estados soberanos surgieron de la esclerótica Unión Soviética por vía pacífica, habiéndose dado uno que otro rasguño. Sobre el papel, sin considerar la realidad, luego de la primera guerra mundial con saliva y goma los triunfadores hicieron el estado de Yugoeslavia. Han surgido seis estados nacionales soberanos luego, en este caso de sangrientas y escalofriantes guerras.
La soberanía es una forma de libertad cuyas bondades y posibilidades nadie niega, lo que importa es como se usa esa libertad, tomando en cuenta que está de por medio el bien común que involucra a todos los ciudadanos que conforman un estado. La soberanía es la capacidad de tomar decisiones y resolver problemas sin la interferencia de otros estados, sin que ello implique un aislamiento absoluto que culminaría en un mundillo dentro del mundo.
Así como entre personas no cabe el aislamiento total, a la manera de los anacoretas, tampoco entre los estados. Es indispensable que se dé un sistema de relaciones con el propósito de conseguir un mejoramiento global. La forma básica es mediante tratados que, por su naturaleza, implica la renuncia a parte de la soberanía de los que lo suscriben, renuncia que se da mediante un acto soberano.
Necio sería pensar que alguna de las partes del tratado lo hace para empeorar su situación. Los tratados constan de condiciones que garantizan el bienestar de los suscriptores; otra cosa es como cada país use los beneficios buscados. Negarse a realizar alguna forma de acuerdo con otros países porque “atenta contra la soberanía”, puede ser un pretexto barato para que se haga la voluntad del gobernante al margen de los beneficios colectivos.
Un caso admirable en nuestros días es la Unión Europea que incluye a veintisiete estados. Nadie, con seriedad, ha cuestionado sus ventajas para países pobres y ricos, pero con una mentalidad “soberanítica” se podría decir que ello implica la renuncia a una importante parte de la soberanía; tienen razón, pero los beneficios colectivos justifican a plenitud esta decisión soberana de los estados.