Gárgolas, monstruos,
dragones, músicos
pueblan el taller de
Alberto Juca que
inaugura su muestra
en la Casa de las
Posadas
Un dragón feroz, con lengua de tenedor; amenazador, un alacrán; erguido gárgola; Cristo, en cruz… todos hechos a base de partes viejas de bicicletas, cadenas de moto, pedazos de motor, tubos, restos metálicos transformados en monstruos, o latón retorcido convertido en Rocinante y en sus lomos un caballero de figura triste hasta el esqueleto, Quijote de guardafangos de bici… son algunas de las obras del artista Alberto Juca, quien esta noche, a las 19h00, abre una exposición de sus obras en la Casa de las Posadas.
Viejo metal hecho surtidor de gasolinera, piezas de ejes de carros, catalinas, cilindros, zapatas, bujías, sirven de herramienta a Juca, creador polifuncional, artista, mecánico, pintor, escultor, para crear con esa materia prima de aparente desecho, desecho metálico hecho arte: músicos, pingüinos, seres alienígenas de la televisión, figuras de filmes de terror futurista.
“Dios y mi hija, me inspiran; también la naturaleza, porque todo tiene vida”, confiesa y a medida que se vaya buceando en sus creaciones se verá que a la inspiración Juca ha sumado su ingenio, sus habilidosos dedos, como los prueba su Nacimiento en miniatura, los arqueros, guitarristas, la mujer africana, los marcianos, los robots, incluso de motivos fálicos, que evocan al de la vieja teleserie “Perdidos en el espacio”. Obras todas estas, hechas con ímpetu, con fuerza, definidas y logradas.
Se confiesa autodidacta el artista, heredero de a mecánica industrial y de la pequeña fábrica de armas artesanales de sus padres donde aprendió el duro oficio desde los doce años.
Igual labora, Juca, bajo inspiración o bajo pedido y no solo en la escultura metálica sino también en la pintura, de la que quedan evidencias en las paredes del taller: conquistadores ibéricos desembarcando de su carabela, manos masculinas que acarician un desnudo torso femenino o una galera romana estilizada.
La muestra que se inaugura esta noche ha sido el producto de 12 meses de insomios, de esfuerzos, de pelear con el metal porque no es dócil ni se deja.
Al menos no fácilmente, porque la pieza sufre un proceso de desoxidación, con ácidos, mínimo por dos días; luego se la lava con disolvente para quitar las huellas blancas de lo ácido; se le aplica fuego de soplete para quemar la pieza, gratearla (aplique de cepillo de cerdas de acero), lacado y finalmente envejecido.
El público tiene un mes para admirar esta exposición venta. (AVB)