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Tráfico de bienes culturales

6 marzo, 2010

La custodia que se guardaba en el Museo de Riobamba o la corona de la Churona, venerada en la Iglesia de El Cisne, en Loja, son los robos más conocidos de piezas de nuestro patrimonio cultural en los últimos tiempos, pero no los únicos.  Las declaraciones de la Ministra Coordinadora de Patrimonio Cultural señalando que el tráfico de bienes culturales es tan grave que solamente es superado por el tráfico de drogas, muestra una realidad  que hay que cambiar urgentemente. Para nadie es un secreto desde hace varios años que piezas y colecciones de obras de arte aborigen, colonial y republicano han sido y siguen siendo objeto de un comercio ilícito que deja grandes ganancias a sus autores. Hay fortunas-algunas de ellas muy conocidas- que se han levantado sobre ese tráfico.

Hay que distinguir-desde luego- entre quienes trafican con bienes culturales y aquellos que, coleccionando esos bienes ayudan a preservarlos para la posteridad. El Banco Central-por ejemplo- cumplió una labor trascendental rescatando bienes que constituyen la mayor colección  de arte y arqueología y poniéndola al servicio de la ciudadanía. Y, hay casos de personas particulares que igualmente han contribuido a ese rescate y preservación. El problema no está allí. Está en traficantes que frecuentemente venden esos bienes en el exterior y con ello causan una pérdida irreversible a la cultura nacional. Esos traficantes son quienes incentivan a los huaqueros, como los consumidores de droga a quienes las producen.

El interés por los bienes culturales, especialmente de los pueblos aborígenes y del período colonial,  comenzó a crecer a fines de los años cincuenta del siglo pasado. Antes, eran valoradas pinturas y esculturas de renombrados artistas, pero casi nadie daba importancia al arte religioso anónimo. Huaqueros buscadores de tesoros y coleccionistas ponían todo su interés en piezas de metales preciosos.  A partir de la segunda mitad del siglo pasado los estudios sobre folklore, cultura y arte popular, generaron gran interés por parte de un público creciente que en buena hora empezó a valorar esas manifestaciones culturales. Como un efecto negativo del Concilio Vaticano II y con una mala interpretación de modernizar la Iglesia, hubo un saqueo de iglesias urbanas y sobre todo rurales que vieron desaparecer tallas y muebles para ser sustituidas por unas horrorosas piezas relucientes y  nuevecitas. Hoy es tarea de todos o debería ser, ayudar a preservar esa riqueza.

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