Antropólogo sostiene nueva teoría histórica
Se sostiene que
alrededor de
Pumapungo hubo
tres círculos de
cerros adorados
por los cañaris.
Crónicas revelan
parte de un pasado
poco conocido.
Hugo Burgos es antropólogo, formado en México y Estados Unidos, antenoche ha presentado un libro digital cuyas posiciones contradicen algunos argumentos que se han sostenido sobre la historia de la antigua ciudad de Tomebamba, fundada por los incas: en lo principal, el modelo de Tomebamba no se guió bajo el del Cusco, dice.
En su obra, “Santuarios de Tomebamba-inca, modelo de geografía sagrada en torno a Pumapungo”, expone que, teniendo como centro este lugar se ubicaron a modo de tres círculos concéntricos guacas (sitios sagrados) en los cerros. Así, hubo guacas epicentrales, cercanas, como el cerro Yanaucauri; guacas periféricas; y, guacas de articulación, más alejadas, como Paredones de Molleturo o Culebrillas. Además tenían “una guirnalda” de cerros de adoración como el Cuturcaca (o Monjas), junto a Turi; Monay, e Icto Cruz.
El trabajo trae otras novedades: en Pumapungo habría funcionado una fundición de oro, fundamentado en textos de los cronistas de indias Morúa y Cabello de Balboa, y una interpretación etnolingüística del término “hachao-huaire” (hecha con ayuda del quichuista Glaco Torres), concluye que esta frase significa plaza donde se fundía el oro.
Burgos pide a las autoridades de la ciudad tomar interés en dar valor patrimonial a la geografía sagrada de Tomebamba, agradeció a quienes han contribuido a su investigacion, a los que han acogido sus ideas y prometió seguir trabajando en el esfuerzo para que se ponga a la ciudad en un valor histórico y turístico. “Hay que acabar de construir el modelo de Tomebamba- Inca”, dijo.
Otro de sus aportes es que la conquista inca no fue un evento rápido, sino un proceso largo, que incluyó la asimilación de la cultura y hasta de las propias guacas de los vencidos como los cañaris.
La conquista se basó en el pago de tributos; también, numerosos cañaris fueron enviados como mitimaes (deportados) al Cusco, quienes contaron al sacerdote Cristóbal Molina que adoraban a los cerros, tales como el Buerán o el Fasayñán. Tres de los curacas cañaris fueron nombrados padrinos de “La Virgen Santana” en esa ciudad peruana, dice el autor.
Lo que sostiene Burgos, nace de la arqueología histórica, aquella que estudia los monumentos, siempre que haya respaldo de documentos de lo que técnicamente se denomina “época de contacto entre dos civilizaciones”, cuando aparecen las mayores resistencias y persecuciones.
Para el caso, se trataría del periodo comprendido de 200 años antes y después de la llegada de los españoles. Sobre eso, la conquista hispánica e inca fue un solo proceso de doble conquista y doble resistencia, postula. Pero, una vez concluida ésta, algunos dirigentes indígenas se convirtieron incluso en encomenderos (propietarios con indios que trabajaban para ellos). Burgos menciona uno de esos encomenderos cañaris: “Puesar”. (AVB)
Conquista y
convivencia
religiosa
No solo los cañaris adoraban a los cerros, también los señoríos del centro y norte del país; así el volcán Sagay era guaca de los pueblos orientales y el Pichincha de los quitus. Este sistema estaba adecuado para que cada ayllu (pequeño grupo aborigen organizado) tenga a su cargo el cuidado de un sitio venerado.
Los incas impusieron otros principios: una teocracia de los supuestos hijos del sol, un sistema de sacerdocio, personajes que debían aparecer en los solsticios y equinoccios (fiestas del sol) para representar el estado de los hombres y los astros.
Según Burgos, los aborígenes no querían una religión ni ayuda del estado (por tener una agricultura muy desarrollada), sin embargo tuvieron que aliarse con los incas como una estrategia contra Quito, pero también los incas se acoplaron a ciertas instituciones de los señoríos cañaris, a fin de establecer una convivencia con el menor número de luchas. Esto no ocurrió al Norte, donde los caranquis, cichasquíes, otavalos, solo abandonaron la lucha tras 17 años, y con la victoria de Huayna Cápac en Yaguarcocha se negoció una supervivencia. (AVB)