Oficiales y soldados
de los dos bandos
combatientes eran
americanos con
conceptos políticos
diferentes; patriotas,
al principio, incluso
se declararon fieles
al rey, sólo buscaban
autonomía.
Para algunos países, estos meses han sido de celebración por el bicentenario de su libertad, pero decir que la guerra de independencia de las colonias de España en América fue en realidad una guerra civil, y no una guerra de liberación nacional puede sacudir la conciencia o el espíritu cívico a más de uno. Esta y otras tesis, como la de que las naciones americanas son la consecuencia y no el origen de esas guerras, ha sido uno de los puntos centrales de la conferencia del profesor hispano – mexicano, Tomás Pérez Vejó, sustentada ayer en la Universidad de Cuenca, como parte de la Cátedra Abierta de Historia que lleva adelante la Casa de Estudios junto al Gobierno Provincial.
Hay una revolución teórica acerca del nacimiento de las naciones americanas, partiendo de que las naciones no son una realidad objetiva sino imaginaria, plantea Pérez, antes de desarrollar su teoría del porqué la guerra de independencia fue más bien una guerra civil.
Los combatientes, explica, no fueron españoles contra americanos, sino americanos que servían en el ejército realista contra otros americanos que se habían sublevado, en busca de una nueva forma de legitimidad contra el gobierno monárquico de Madrid.
En los conflictos armados de Colombia, Ecuador, Perú, Argentina, Chile… tanto la tropa como la oficialidad eran gentes del mismo lugar. ¿Monarquistas contra independentistas? Ni tanto; en principio eran más bien autonomistas que querían gobernarse así mismos, pero (al menos al principio) declaraban lealtad al rey de España. “Lo que mantenía unidos a la comunidad de América era la fidelidad al monarca no la región en la que vivían las gentes de la época”, expresa Pérez.
El problema es que – cuando estallan las sublevaciones en distintas regiones: Chuqisaca (Bolivia), Quito, Bogotá, Buenos Aires, -el monarca (Fernando VII) se hallaba como rehén de las tropas francesas que habían invadido España y surgió como un vacío de poder. De aquí nació la inquietud de, en ausencia del rey, quién debía gobernar. Entonces se recurrió a un viejo argumento jurídico de la región de Castilla (centro de España): en ausencia del monarca serían los pueblos quienes tomaban el poder.
Por eso, en Buenos Aires, Cuzco, Caracas, Quito, hasta la lejanísima Manila, (capital de Filipinas), y aun en la misma Sevilla se formaron juntas de gobierno, una respuesta de las élites que habían sido educadas en una misma tradición jurídica y universo cultural, es la mismas reacción política en todas partes a la prisión del rey. Aquí la junta de Sevilla se autocalifió de tener la representación oficial y asumió el poder en ausencia del soberano.
Toda revolución es una escuela de pedagogía política en la que las posiciones de los bandos evolucionan muy rápido, eso pasó con los independentistas, pero también cambió en España, casa adentro.
En 1812, las Cortes (especie de Parlamento, que incluía a diputados americanos) elaboró una Constitución, pero no a nombre del rey, sino de la nación española, “algo que nadie sabía lo que era”, a lo que se intentó dar varias respuestas: como decir que la nación española era “la unión de los españoles de ambos hemisferios”, pero eso en principio dejaba fuera a los americanos mestizos y a los indígenas, y cuando se definió finamente que serían españoles todos los que tuvieran origen o vinculación hispana, quedaron fuera los que tuvieron antepasados negros.
Eso causó, por un lado, que los negros quedaran excluidos de cualquier representación y, por otra, se estableció que los diputados en las cortes serían uno por cada 70.000 habitantes. De haber habido elecciones, la mayaría de los diputados en las Cortes iban a ser americanos.
Pero en 1814, derrotados los franceses en la península ibérica, volvió al poder el rey Fernando VII, con mano dura y lo primero que hizo fue desconocer la Constitución; en América la lucha se enconó, ahora, no entre independentistas y realistas, sino entre liberales y absolutistas –partidarios de la línea del rey-.
El conflicto fue enormemente sangriento y las posturas de los bandos variaban en distintos momentos… la guerra de independencia se resolvió finalmente cuando las élites decidieron apoyar a los insurgentes y el conflicto acabó, finalmente, porque el rey perdió toda posibilidad de enviar trpas para sofocar a los rebdeldes. Amén de que aun disponiéndolas, enviarlas a América resultaba sumamente costoso y complicado. Si bien hubo dos expediciones armadas, enviadas a México y Venezuela, poco pudieron hacer.
En conclusión, propone el académico, hay que entender que en la independencia americana no se tuvo un modelo de liberación nacional, sino la implosión de un imperio, algo parecido a lo que pasó con la Unión Soviética; sobre las ruinas de una estructura imperial se construyeron las actuales naciones. “Para eso sirve la historia, para construir esas identidades, porque no es hasta mediados del siglo XIX cuando empieza a formarse cada nación americana, antes inexistente”. La nacionalidad se edifica mediante la construcción de un pasado, de los héroes, de un proceso de nacionalización.
Por eso, sostiene, no tiene mucho sentido decir que en 1809 hubo la proclamación de la independencia nacional, ya que la nación solo se constituyó entre los siglos XIX e incluso parte del XX… (AVB)