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Ese Cristo

10 marzo, 2010

Simón Valdivieso Vintimilla

Ese Cristo indio pintado sobre un tapiz de piedra detrás del altar de la catedral de Riobamba, es el Cristo de nosotros, es el Cristo de la historia de nuestro pueblo.
El Cristo de la colonia, el esculpido y tallado en madera, el que lo hizo Sangurima, es Sangurima mismo, como lo es el tallado por Pampite; es el indio al que la cruz y la espada así como el látigo del colonizador lo laceró para siempre. De ahí que en esa escultura a la que nuestros hermanos del cerro y la laguna le rezan, desde tiempos inmemoriales está el hombre mismo. Y claro también lo está, Monseñor Proaño, el hacedor de ese templo edificado sobre las viejas estructuras de piedra india con las que se levantó la antigua catedral de la Sultana de los Andes.
En ese Cristo sencillo pero con la señal del dolor está el mismísimo Daquilema. El indio rebelde de los páramos del Chimborazo al que el “Santo del Patíbulo” lo mandó a matar para escarnio de quienes intentaban en el siglo diez y nueve abrir la boca contra el amo en la tierra, pretendiendo desconocer el poder que ellos decían, desde arriba les había dado el amito Dios para gobernar.
Este es un pequeño tributo al Obispo de los Indios y justamente ahora cuando la iglesia ecuatoriana celebra el centenario de su nacimiento. Y es que la obra de Monseñor Proaño no se la debe visibilizar en la catedral de piedra y el Cristo indio sino en el adoctrinamiento que impartió con su biblia, su palabra de hombre y su poncho rojo en el que se restregaron cientos de rostros cargados de llanto; el llanto de sus hermanos golpeados por el poder y la tradición que venía de todo lado, desde lo secular hasta de la propia iglesia.
Cuando vemos a ese Cristo pintado sobre piedra, nos decimos para nuestros adentros, es el Cristo de la igualdad. El Cristo blanco y barbado, el de las estampas españolas o italianas, es el Cristo al que nos enseñaron a rezarle, pero no es el Cristo que lleva el dolor de la opresión y la miseria vivida por nuestros hermanos indios.
El Cristo de Riobamba, es el hombre mismo, al que no hay que hacerle oraciones en el aire, sino que hay que reivindicarlo a través de la palabra, la obra y la resistencia. Para Monseñor Proaño la historia es cautiverio y liberación.
Cristo/ tu también/ te has tardado demasiado/ tus pastores tus hijos/ han profanado tu santa palabra/ te han convertido en un pordiosero/ a su servicio/ te han crucificado en sus alcancías/ para enriquecerse/. Es el verso de un poeta indio, mi amigo Ariruma Kowii, que me lo tomo prestado para escribir sobre otro Cristo; ese Cristo imaginado y pintado a la luz del pensamiento libre, cristiano y solidario del Obispo de los Indios.
Ajustar las palabras a la acción, es algo bastante difícil de cumplir; sin embargo Monseñor Proaño en su testamento hace eso y por ello debe ser tomado como testimonio de vida. Y es que su propia oración del padre nuestro nos hace ver a un pastor y redentor, como cuando nos dice: padre nuestro que sudas a diario en la piel del que arranca el sustento; que a ninguno nos falte el trabajo, que el pan es más pan cuando ha habido esfuerzo.