Belén Andrade
De la vida ajena sabían los interesados, algún retazo llegaba al barrio como asunto privado; la comunicación rompió fronteras, desvaneció distancias y redujo la geografía del planeta a la dimensión de la pantalla, el lenguaje en clave de tecnocracia futurista burló la muralla de las palabras, lo bueno, lo medio-medio y lo malo se vistieron de número, al margen del tema el modelito de la cifra ganó; los desastres de la naturaleza se sirven en el almuerzo de los nativos del otro lado del mar, terremotos, huracanes, tormentas desatan temores, quitan el sueño y refuerzan el deporte más popular, la cacería de culpables, las antipatías personales los señalan; las guerras permanecen en el menú de tragedias de loa más ajenos; la información se globalizó, las consecuencias negativas se agigantaron en las calificaciones de los mejores en la escala del éxito y se encogieron a las de los malheridos por los acontecimientos; la reflexión pasó de largo, las audiencias indiferentes al deterioro de la ya maltrecha realidad de las mayorías se impacienta porque se invierta la proporción de sucesos alentadores por sobre las tragedias. Demasiadas palabras para reconocerse en la comunidad, para sufrir por otros y peor asumir el desafío de compartir responsabilidades en reparar los desastres de los que las víctimas son siempre culpables”.