René Cardoso Segarra
No entiendo cómo algunos personajes que se ocupan de la administración del arte y la cultura contemporánea de la ciudad, tengan serias flaquezas en sus valores como seres humanos. Que paradójico. Se supone que su principal atributo, al estar relacionados con las formas más elevadas del espíritu, debería ser la magnanimidad. Poco servirán a una sociedad sus títulos académicos, sus masterados, sus petulancias posmodernas, sus habilidades histriónicas, si no poseen cualidades que deberían ser parte inmanente de toda persona: decencia, integridad, calidad humana.
Ahora esta élite de la “cultura” tacha y descalifica con facilidad al otro. No se puede entender cómo personas que dicen trabajar por la cultura, ostenten comportamientos de mezquindad humana. Ironicen sin ningún escrúpulo. Persigan a quienes no los adulen o concuerden con sus actuaciones. Amenacen, prevalidos de sus fugaces poderes políticos, a los que con valentía pretendan enfrentarles. Se regodeen y se atribuyan con cinismo y actitud prepotente, el mal causado al otro.
Es todavía más incompresible cómo algunos de ellos sean profesores en áreas de la cultura y el arte, pero a la vez firmen comunicaciones públicas, casi pasquines, que denigran, injurian, mienten, agreden. Tampoco se comprende cómo instigan a sus alumnos a estigmatizar a las instituciones culturales cuencanas como caducas, sin ver la viga que tienen en sus propios ojos. Sería interesante saber cómo sus alumnos los han evaluado. Sería importante conocer qué aportes en sus vidas han realizado para beneficio de la cultura de la ciudad.
Ahora el entreguismo a los poderes políticos se lo practica impúdicamente. El centralismo, como nunca antes, entontece a quienes lo veneran. La empresa aérea estatal pública, hace muy buen negocio con los burócratas viajantes que semanalmente van a rendir cuentas a sus amos, a pedir autorización para comprar una resma de papel, a buscar el visto bueno y el permiso para sus acciones, para sus experimentos. Ahora todos se sienten inventores de la “reestructuración”. La llevan como bandera a toda institución en la que logran acomodarse. Nunca han atinado. Son más desacertados que una vieja carabina de feria.
Se siente un yermo y desolador paisaje. Se viene una ley de cultura controladora de todo y desde el centro del poder político. Artistas e intelectuales prefieren el silencio a correr el riesgo de perder sus concursos o auspicios. Lamentablemente seguimos habitando el viejo país del temor, del sectarismo, de la desmemoria. El país en el que desconocer todo lo anterior continúa siendo perversa costumbre. Es la forma que inseguros mandatarios se sientan los salvadores e innovadores de todo. Es la “cultura” del cementerio de la sensatez y de la cárcel de la honestidad.
Qué lástima. Qué ausencia de valores y de dignidad. Pero lo más desalentador : qué quietismo y silencio de quienes dirigen el destino de una ciudad que siempre se caracterizó por su liderazgo en la cultura y en la democracia del país.