UN POEMA SOBRE LA CIUDAD

Publicado el 2010/07/11 por Editorial



Jorge Dávila Vázquez// Rincón de Cultura

Resulta un tanto extraño que no existan muchos poemas importantes sobre Cuenca. Los “Cantos de piedra y agua” de Catalina Sojos, constituyen un momento importante en esa lírica sobre el lugar de origen, así como el bello “Canto al Tomebamba” de Andrade Cordero es el culmen poético de nuestro río padre. El gran poema en prosa, a ratos, de una intensidad magnífica, sigue siendo la novela “Los hijos” de Alfonso Cuesta y Cuesta, que todos los narradores locales deberían tener como antecedente de lo que escriben, por su genuino sentido de identidad y su profunda carga humana.

Ahora, Juan Fernando Auquillas presenta CIUDAD NÓMADA, su creación en torno a la urbe que lo vio nacer y que ha sido su hábitat a lo largo de una vida rica en experiencias existenciales e intelectuales, que son los distintos motivos que se desarrollan a lo largo de este extenso poema: “En este cemento he habitado/ he ocupado un espacio/ aunque creo que/ él me ha habitado/ soy solo un producto de su imaginación.”.

El libro lo editó por la Casa de la Cultura, dentro de su serie Paralela, y es una muestra del quehacer poético contemporáneo cuencano y de la visión que tienen de la lírica los escritores actuales. Concretamente, creo que el texto, por su misma extensión, que cubre como 80 páginas, no es unitario, ni guarda relación con la poesía tradicional, ni en forma ni en contenidos. Auquilla nos da su visión fragmentaria de esta villa a la que siente tan pronto suya como ajena, tan próxima como la mujer amada y tan distante como un cuerpo inaccesible: “Yo y la ciudad/ la ciudad y yo/ los dos: anónimos…/ compartiendo el mismo espacio.”

Juan Carlos Astudillo dice: “Juan Fernando Auquilla interpela a la ciudad que habita hasta deshacerse en ella, y es así como encontramos en sus versos una torsión que nos lo muestra a veces como emisor y otras como receptor del mensaje poético”. En efecto, tan pronto hallamos al que envía el recado lírico: “Tu rostro traza un gran mapa urbano…”, como al que lo recibe: “tú eres la ciudad”. En verdad hay como una disolución del ser en el ambiente: “me vives, me habitas…/ construyes puentes/ con tus caricias y tu cuerpo/ que unen tu ciudad y la mía…” El poema es canto apasionado: “¡Cómo no seguir viviéndote en mis entrañas”; pero también, reproche: “Ciudad nómada/ aquí se llora…/ no importa la edad ni el tamaño de la tristeza.”

El canto es búsqueda: “Ahora voy rumbo al sur/ buscándote…” ; encuentro: “Tiene esta ciudad mucho de lluvia”; entusiasmo de descubrimientos: “ Son los hilos urbanos imaginarios / los que hacen MI ciudad”; y angustia por los enigmas citadinos: “la ciudad de los signos defectuosos”. Todo ello aflora en una escritura liberada de elementos superfluos, concentrada en sí misma, y que puede llegar a la extrema síntesis: “Al igual que el río/ la ciudad nunca es la misma”.

Lo conmovedor es el enamoramiento del poeta por la Cuenca de su infancia, de sus ancestros, de sus sueños y sus pesadillas.


  • angel mendoza

    Cuenca, ceremonia infinita, una maravilla, felicidad eterna, un premio a los habitantes, emosionante ciudad, impecable city.