Objetivos de la democracia

Publicado el 2010/08/07 por Editorial



Alberto Ordóñez Ortiz

En el seno de la democracia las divergencias son parte consustancial a su naturaleza. Y en buena hora que así sea. Porque los disensos conceptuales amplían las visiones y permiten corregir errores. Si queremos fortalecerla hemos de cumplir de manera cabal con sus inalienables mandatos. Y más todavía si la nuestra no es excluyente sino incluyente. Si sus beneficios, marcados por una rigurosa equidad protegen sin excepción al Pueblo Soberano. A contramano, el fiel cumplimiento de las obligaciones no debe exceptuar a nadie. No queremos una democracia amordazada. La libertad de decir lo que se piense no debe exceder de los consiguientes límites legales y no debe dar paso a la vocinglería estridente por rústica, insolente y visceral.

Si aspiramos a una democracia de resultados, tanto gobernantes como gobernados debemos comenzar por entender que la política es práctica -vital práctica- que allana el camino para el soberano ejercicio de las libertades públicas, sin que se olvide, por supuesto, que también debe crear oportunidades para el desarrollo comunitario y personal de las ciudadanas y ciudadanos. Lo que no marcha en esa dirección, es demagogia volátil, engañifa virtual que enreda y confunde a las colectividades. Las segundas intenciones deben ir a dar sencillamente al tacho. En lo que a la opinión de las minorías concierne, debe ser escuchada con respeto, a condición de que se base en el respeto. Lo contrario pervierte su naturaleza siempre abierta a todas las corrientes del pensamiento.

Propender a una democracia de realidades visibles y concretas. Pragmáticas en toda la extensión de su vigoroso valor expresivo. No una de apariencias en que las formas oculten aviesos y rentables fines. En ese sentido, no debe ser un vano juego de espejos para engañar a las candorosas muchedumbres, sino permanente desafío para crear las condiciones que impulsen el positivo avance de las colectividades. Debe ser espacio propicio para que el derecho al buen vivir, sean su constante. Tampoco queremos siniestros besamanos de oficio, porque su presencia mancha los escenarios y los proyectos políticos.

Bajo la pátina de una mal concebida democracia no debemos permitir que la libertad de expresión exceda de los límites fijados en la Constitución y la Ley. La libertad de expresión no debe propalar rumores falsos que den paso al escándalo destructivo en beneficio de una oposición depredadora o que, bajo una decadente visión “amarillista” se afecte impunemente a la honra de las personas. Que el periodismo investigativo fluya libre y soberano, pero que fluya sobre la base de un conjunto de sólidas pruebas de descargo. Que no obedezca a otro interés que no sea el “de opinar libremente y con apego a la norma jurídica.” No queremos una democracia que haga del respeto por lo demás un campo minado para la injusta deshonra. Queremos si, una democracia en la que la justicia social sea punto permanente de avanzada. Una democracia en que el ser humano sea eje de todas sus positivas manifestaciones.