La crónica publicada en estas mismas páginas en días pasados da cuenta sobre el estado en el que se encuentran los semáforos de muchas calles y avenidas de la ciudad. Un recorrido rápido por la urbe muestra- en efecto- que hay un alto número de semáforos que están apagados, simplemente porque están dañados. Hoy conocemos que como el gobierno según la información policial prohibió la importación de focos apropiados que tienen una vida de alrededor de ocho mil horas, las autoridades y funcionarios de tránsito tienen que poner focos nacionales cuya vida está en torno de las quinientas horas, es decir duran unos veinte días. En esas condiciones es explicable lo que ocurre con la gran cantidad de semáforos fuera de servicio.
Hay esquinas en las cuales los semáforos muestran en ambas direcciones luz verde o roja al mismo tiempo. Hay casos en los que dos semáforos de una esquina tienen encendidas al mismo tiempo las luces verdes y las rojas. A esos problemas hay que añadir un aberrante centralismo que demora interminablemente los trámites para adquisiciones de repuestos, pues es conocido que las delegaciones provinciales no tienen casi ninguna facultad en este campo. A ese tenebroso panorama hay que agregar la antigüedad de muchos aparatos y los daños provocados por malos ciudadanos sobre todo en determinados barrios y zonas de la ciudad en donde se torna muy difícil mantener en funcionamiento un semáforo por las agresiones constantes de los que son víctimas.
Si a todo ello se agrega la escasa cultura de respeto a las señales de tránsito y entre ellas a los semáforos, el panorama se vuelve tremendamente conflictivo. Hay desgraciadamente un número cada día mayor de conductores profesionales y no profesionales que hacen caso omiso de las luces de los semáforos y qué decir de otro tipo de señales como pasos de seguridad o avisos para bajar la velocidad o tener precaución. Gente abusiva en unos casos, prepotente en otros y prevalidos por el tamaño de los vehículos o simplemente ignorantes de las normas, agudizan más el problema. Un problema que a la postre no solamente aumenta la anarquía del tránsito sino que es la causa de accidentes fatales que terminan con la vida de personas inocentes. El problema -como siempre- tiene sus causas en las instituciones pero también en los malos ciudadanos.