
Guillermo Ochoa Andrade, entre el derecho, la literatura, los clásicos y Napoleón.
En las estanterías hay unos 8.000 libros; aproximadamente la mitad, corresponden al derecho, el resto a literatura, historia, obras generales. Guillermo Ochoa Andrade los ha compilado por más de 40 años; parte de ellos le pertenecieron a su abuelo y otra a su padre. En ella se guardan algunos tesoros para los bibliófilos.
Hay obras pequeñas en tamaño, pero centenarias. Un “Derecho Natural”, de 1838, publicado en París, acerca de los principales elementos del derecho; en la misma línea, el “Tratado de la posesión y prescripción”, de Pothier, editado en Barcelona, España, en 1880; o la “Teoría de las Penas y las Recompensas”, de Jeremias Bentham, acerca del delito, la aplicación de las penas, su clasificación, desde la pena de muerte hasta las que sólo afectan a la moral.
No son los únicos; hay algunos clásicos notables: “Las Siete Partidas”, del Rey Alfonso El Sabio, de España, con el contenido de la labor pionera sistematizadora del derecho y no falta la colección completa, en edición original, de la “Historia Universal”, de Cesar Cantú, uno de los más prestigiados autores.
En la biblioteca se hallan aquellos tomos ancianos, encuadernados en piel; otros con 100 y más años con su papel y apretada tipografía, inconfundibles, y esas portadas multicolores con pastas en relieve.
Los de más acá, con cincuenta o sesenta años, pasados de mano en mano, con tres firmas de sus propietarios y sus nombres: los primeros, grabados con un sello de metal. Así pasa con un “Derecho Penal Comentado”, publicado en Buenos Aires, en 1946, de Mario Oderigo. Un libro de hace 60 años puede parecer desfasado, pero no es así: para emitir un reciente fallo, en un caso de violación hubo de ser consultado y se encontró que las doctrinas, jurisprudencia y decisiones jurídicas eran idénticas a la legislación contemporánea, cuenta Ochoa.
Esas son algunos de los más interesantes, pero Ochoa tiene algunos preferidos: “Instituciones del derecho romano”, de von Ihering, conocido filósofo de las ciencias jurídicas; “Instituciones del derecho romano”, de Savigny. Puede sonar a antiguo, sí, pero no si se considera que el derecho de Roma es la base de la legislación civil del mundo occidental; y también, “Sistemas carcelarios”, de Carrara; “El alma de la toga”, de Osorio, acerca del espíritu interno del que debe revertirse el abogado.
No faltan en los materiales bibliográficos la literatura: García Márquez, Saramago, la “Antología de la literatura cuencana”, de Antonio Lloret, en cuatro tomos, obra que admira por la erudición y amplitud con que el autor la trató, para abarcar toda la época de creación lírica hasta pasada la mitad del siglo XX.
La literatura se puede relacionar con el derecho, abordar casos del delito o relatar de manera dramática el alma de personas acosadas por un sistema de justicia implacable; por eso, entre las obras de preferencia están “Los Miserables”, de Víctor Hugo y “Crimen y Castigo”, de Dostoyevsky; y, en la historia, “Diez días que estremecieron al mundo”, de Jhonn Reed, el clásico sobre la revolución rusa de 1917.
En política, el “Derecho político”, de Rodrigo Borja, acaso su mejor obra; y “Tipos de mi tierra”, de José Peralta, descarnada y altiva denuncia contra el poder y la sociedad cuencana de fines del siglo XIX.
“Mientras otros compraban carros, yo compraba libros”, dice Ochoa, acerca de cómo acumuló tantos volúmenes, que se hallan organizados primero por materias y luego por autor. No solamente en la biblioteca, también en su despacho de trabajo se hallan estas curiosidades, ya bibliográficas como pictóricas.
En las paredes, reproducciones de Guayasamín; retaros de Gandhi, de Martín Luther King, pero predomina Napoleón Bonaparte ¿Cómo comulga el retrato de un guerrero con el despacho y biblioteca de un juez? Napoleón fue quien dispuso la redacción del Código Civil francés, sobre el cual Andrés Bello redactó el que es hoy base de la ley actual en todos los países hispanoamericanos… (AVB)