Hernán Abad Rodas
Las diluviales lluvias monzónicas que se desataron desde el 12 de julio pasado, las mayores que han azotado Pakistán en más de 80 años, han provocado que una quinta parte de los más de 800 mil kilómetros cuadrados de territorio de ese país, en cuatro provincias del nordeste, fuera devastada por las inundaciones.
Según informa la prensa internacional, las aguas desbordaron los ríos, destruyeron puentes y carreteras, arrasaron con el ganado y los cultivos, dejaron sin vivienda y en el desamparo a la población.
La devastadora tragedia en Pakistán ha causado 1.600 muertes. Veinte millones de pakistaníes son víctimas de esta catástrofe, y al menos 6 millones de ellos requieren de una ayuda urgente.
UNICEF manifiesta que, 3.3 millones de niños de las zonas afectadas corren el riesgo de padecer graves enfermedades por las aguas contaminadas y la proliferación de insectos: El cólera, la malaria, la diarrea pueden causar miles de muertes, sobre todo entre la población infantil.
“Nunca olvidaré la destrucción y el sufrimiento que he visto. He estado en muchos desastres, pero nunca he visto un desastre como éste. Tanta gente, en tantos lugares distintos, con tantas necesidades”, confesó el secretario nacional de las Naciones Unidas Ban Ki-moon, tras haber visitado algunas de las áreas devastadas por las inundaciones en Pakistán.
Las espeluznantes imágenes trasmitidas por los diferentes medios de comunicación, nos permitieron constatar la magnitud de la tragedia; la furia de la madre tierra se hizo presente; millares de sobrevivientes, deambulan por las regiones inundadas de Pakistán; madres desesperadas, con sus tiernos hijos en brazos, escuchan impotentes el llanto de hambre y dolor de sus vástagos, el cielo vierte lágrimas sobre los campos y valles, y humedece las blancas mortajas que cubren los cuerpos de cientos de víctimas de esta catástrofe.
Los sobrevivientes de esta tragedia humana, en sus futuros despertares, sentirán sólo tristeza y llanto; se verán obligados a plantar sus almas y corazones en campos distantes apartados de los caminos del tiempo.
No sólo las acciones del hombre virtuoso son serenas, incluso en su sueño su espíritu está en paz: Esperamos que la comunidad internacional, acuda en ayuda de los sobrevivientes del devastado país, quienes actualmente se alimentan de migajas de pan amasado con sangre, y beben agua mezclada con lágrimas.
Con alarmante frecuencia en los últimos años, se han producido desastres naturales de grandes proporciones, ante estas tragedias inusitadas, no puedo dejar de preguntarme: ¿en qué medida, la acción del hombre ha trastornado el orden natural?.
Es lamentable que con su inteligencia el ser humano no pueda saber lo que dice la lluvia cuando cae sobre las hojas de los árboles o cuando golpea los cristales de las ventanas de su casa. No puede saber lo que dice la brisa a las flores del campo.
Pero el corazón del ser humano puede sentir y comprender el significado de estos ruidos que juegan con sus sentimientos.
La sabiduría eterna a través de la naturaleza nos habla frecuentemente en un lenguaje misterioso, mientras el hombre permanece asombrado y sin voz.