Belén Andrade
Nieblas atardecidas salpicadas de rayos, de alaridos de vientos y gemidos desgarrados de truenos malheridos de luz amansan, acarician y alientan las laderas y hondonadas en el paisaje de vivir la vida; la intensidad de los demás signos que acechan, oscuros y sorpresivos, las han tornado borrosas pero siguen siendo los destellos que aligeran el rojo funesto de la ciudad, del pueblo, del vecindario, del bus, el taxi, el banco, el mercado, los lugares comunes de las vidas corrientes de mujeres y hombres condenados hoy a la pedrada, al puñetazo, al golpe inesperado, al balazo que un motociclista dispara al vecino que va al encuentro de la novia una tarde de jueves.
La crónica de muerte al final del día, los accidentes de tránsito por irresponsabilidad de los conductores, de los propietarios, de los mecánicos y ayudantes que “ahorran” repuestos y de las autoridades que “dejan pasar, sólo por esta vez”, requieren atención urgente, más aún, la muerte a manos criminales de incontables ciudadanos, la oferta de sicarios, con tarifas módicas para matar, no es una fantasía, es real en todos los estratos sociales, se trate celos, venganzas o deudas personales, bandas y enemistades delictuosas o los más diversos grupos de poder, los conflictos dejaron de lado la alternativa jurídica y apuestan a lo inmediato, la muerte, el asesinato es la opción. La urgencia no la remediarán los horarios del licor ni la clausura de los casinos