El salario de la dignidad

Publicado el 2010/10/22 por Editorial



Juan Cárdenas Espinoza

Si se considera al salario como una mercancía que el mercado compra en condición de insumo para sus procesos productivos, el dilema de la fijación de su costo se resuelve por la vía dialéctica de considerar que equivale al monto que el obrero requiere para satisfacer sus necesidades básicas y las de su familia. Esto que en teoría económica es claro e irrebatible, no lo es en tratándose de los grandes intereses que mantienen los patronos, empeñados sobre todo en acumular la mayor cantidad de plusvalía y lo que menos les importa es el bienestar de los obreros.

Mientras se han abierto las fronteras al mundo de la globalización para el gran mercado de consumo, las mínimas reivindicaciones salariales han sido guerras a muerte, con acciones heroicas de un lado y represivas como respuesta por el otro, por la radical oposición de los detentadores de los bienes e instrumentos de producción que mantienen a porfía que la única variable que pueden mantener invariable, si no a la baja, es el salario, congelándolo irresponsablemente, pese al riesgo de una mayor conflictividad, en tanto reclaman flexibilidad laboral para legitimar la inequidad de las remuneraciones, como si a los obreros les sobrara algún beneficio al que deben renunciar para satisfacer la voracidad patronal dizque para garantizar nuevas inversiones, de tal forma que dejan de pagar salarios justos para financiar su crecimiento, asegurándose con ello un mayor enriquecimiento y la hegemonía del poder.

Que ningún patrono se ufane de contar utilidades si antes no ha pagado a sus obreros el salario de la dignidad, concepto aún modesto si consideramos que apenas aspira a la satisfacción de sus mínimas necesidades. Pero es un buen comienzo, para crear conciencia en la clase patronal de que su abundante estado de bienestar no puede seguir sustentándose en la marginalidad y pobreza de sus trabajadores. Este “revolucionario” concepto que tanto quejido y alharaca ha levantado entre algunos fariseos de las cámaras de la producción y sus cajas de resonancia, no es otra cosa que la tardía aplicación del principio de justicia saturado del más elemental espíritu cristiano.

Ya no se puede acusar a la oposición de carecer de ideas, pues ha tomado con todo el entusiasmo de su amargura el papel de la conspiración golpista, luego de constatar que no podrá recuperar su “paisito” por la vía electoral. En su intento por desmentir la autoría del último cuasi magnicidio, sus cabecillas más la embarran, porque las pruebas y evidencias les delatan. ¡Cuidado!, al ver que se les agota las opciones de su plan siniestro, podrían armar la mano criminal de algún demente de su ralea. Cuando se mata un sueño, lo siguiente sería impredecible…