Jorge Dávila Vázquez/ (Rincón de Cultura)
Iba a cumplir 90 años, cuando el dolor y la enfermedad pudieron más que su fuerza de carácter y su afán vital, que le mantenían preparando un texto didáctico para el Centro Ecológico “Luis Cordero”, en los últimos y sufridos días de su vida.
En él, como era su costumbre, insertó numerosos poemitas para niños, con esa simple ternura por ellos, que fue el motor de su larga y productiva existencia. Breves textos, como los que colmaron su poemario infantil “Burbujitas en el agua”, publicado en 1974, “dedicado a todos quienes, siendo Maestros, son niños a la vez.” Y en el que cantaba a los números, las vocales, los alimentos, la naturaleza, con una infinita ternura, muy cercana a lo infantil: “Canto, cantar, dulce trino: / Burbujitas en el agua. / Árboles, Sol y caminos/ abren la ventana al alma.”
Él era como un gran niño, que se deslumbraba ante el sol y la lluvia, ante el vuelo de la mariposa y, sobre todo, ante la sonrisa de los pequeños, a cuya educación se consagró con una vocación de padre bueno –como lo fue en la su vida-, renunciando a cualquier otra inclinación, pese a que, cuando aparecieron sus primeros trabajos, en 1943, junto a los de su hermano, el inmenso César Dávila Andrade, algunos pensaban que podían caminar a la par por el sendero de la poesía con mayúscula. En su Revista Tomebamba, G.H. Mata convocó un concurso de elogios a hermosas jovencitas cuencanas de entonces, y los dos Dávila publicaron el suyo. El de Olmedo se llamaba “Agarena”, decía entre otras cosas bellas: “Ópalo del ensueño perdido en la locura/ de tus ojos serenos./ Te vas como la bruma; / y dejas en el alma, algo que enferma y cura.” La expresión lírica es muy sutil, y, sin duda comparte con la de su hermano la tendencia a una sutil antítesis: locura se opone a serenos, como enferma a cura.
Para César, el “Elogio de la gracia iluminada” es punto de partida de la etapa cromática, la inicial de su poesía; para Olmedo es un ejercicio, que irá quedando rezagado frente a su franciscana llamada de educador, y que solo de tiempo en tiempo lo tentará con fuerza, como cuando escribe en el 44 “Arenal”, un poema en que compara al desierto de antaño, cruzado por caravanas, con el desierto de la época de la guerra, que “se agranda con el claror del fuego” y en el que “no se ve dromedarios remover las arenas.”
Años después, cantará la vejez dorada, en una composición en la que evoca sutilmente a su madre: “Junto a ella fui niño, fui joven y fui viejo; / y en esas tres edades me entregó el corazón.”
Olmedo era el segundo de los cinco hermanos Dávila Andrade, de aquellos que en un poema del Faquir, jugaron diez lejanas vacaciones a buscar tréboles equivocados. Era un hombre bueno, y fue el maestro de incontables muchachitos que se iniciaban en el saber.
Como dijo en uno de sus cantos “y, aunque era la pobreza todo mi capital/ me sentía feliz; y era como un laúd/ mi bello corazón, para amar y cantar…”
¡Que el buen Señor lo tenga entre sus querubines músicos, enseñándoles el alfabeto de la gloria!