Tráfico de personas

Publicado el 2011/04/30 por Editorial



Alberto Ordóñez Ortiz

No soy moralista. ¡Dios me libre! Veamos porqué. Primero, por conveniencia. Segundo, porque quienes se erigen en árbitros de los demás, exhiben un desmedido complejo de superioridad y dejan filtrar la luz que revela su caducidad conceptual; no exenta, por cierto, del enfermizo y gozoso morbo que tal actitud les debe representar. A la vejez viruelas. ¡No! señores, ¡no! Quien puede decir con autoridad: esto está bien o, aquello mal.¿Con qué derecho? Pues, sencilla y llanamente, nadie. Porque para el caso, todos estamos a nivel. Nadie es más ni menos. El que juzga será juzgado dice Jesús. Cuando por la razón que sea, se emiten esa clase de adjetivaciones, Dios es desplazado de su puesto. Bienaventurados los moralistas porque de ellos será el reino de la fatuidad obsoleta y delirante, propia de los que por estar atados al fardo de un pasado nada “santo”, son expertos en los temas que con tanto afán critican.

La malsana satisfacción de juzgar desde el altar mayor de una dudosa y olímpica moralidad se va a la punta de un carajo cuando el tráfico de seres humanos se convierte en mercancía de uso corriente, en asunto que de tanto repetirse va adquiriendo la pátina de la normalidad. Cuando ocurre -como ahora- nos indignamos hasta el estropicio y es, cuando, el resto de humanismo que nos queda -en el sentido (valga la redundancia) más humano del término- nos hace hervir la sangre, poner el pecho y salir al frente. No hay derecho para tanto. ¿Hasta dónde se ha llegado? ¿Habrá más? El hombre convertido en simple mercancía por obra y gracia de una visión utilitarista a ultranza. El esclavismo -que lo creímos superado- ha vuelto a instalar sus tiendas de campaña bajo formas en que el refinamiento en los métodos que se emplean no respeta barreras ni tiene medida. Todo ha sido reducido a una desafiante lista de precios. Incluida esa estancia repleta de pájaros que llamábamos ternura.

La tragedia nuclear de Chernobil o la reciente de Japón, son un juego de párvulos frente a lo que está ocurriendo. La trata de seres humanos trasciende fronteras. Su delirante efervescencia es hoy, práctica penosamente rutinaria. El secuestro de niños, para luego extraerles órganos o “repletarlos” con droga y enviarlos a los países desarrollados -los de más altos índices de consumo- es una de las tantas acciones que revela el imperturbable desprecio por la dignidad humana.

El tráfico de órganos, la prostitución -incluida la infantil- sucede con infamante frecuencia. Los controles se evaporan en el aire de las sonoras componendas. Mujeres y niñas seducidas por ofertas de trabajos dignos son trasladadas a extraños países y recluidas en una suerte de inexpugnables campos de concentración. Las ganancias que provienen de su tráfico -es bueno saberlo- superan con largueza al que genera el comercio de drogas. Las mafias que lo regentan dan así rienda suelta a su mezquina condición de insaciables larvas primarias. Para mal de males son las que de alguna manera regentan un mundo que irremediablemente marcha al osario común ¡He dicho!