Por los mares de Jamaica

Publicado el 2011/09/11 por AVB



Texto y fotos: Angel Vera

A 34.380 pies de altura y 521 millas por hora de velocidad de crucero, el Airbus A320 de Aerogal se desplaza comiéndose los kilómetros, con Jamaica como derrotero. Es de noche y los 180 pasajeros aguardan expectantes mientras la aeronave cruza cielos y mares: ecuatorianos, colombianos, panameños; y luego, el Caribe. La nariz y el ala del avión rompen los cielos caribeños, tranquilos en época de huracanes. El piloto Andrés Loaiza hizo un trazado de rectas sucesivas para arribar, pasada la medianoche al Aeropuerto Internacional Sangster, de Montego Bay, la segunda ciudad de la isla jamaiquina. El arribo a la terminal aérea es por un túnel y en una pared, en una gigantografía, el gran campeón olímpico Usain Bolt, con los brazos extendidos, recibe al visitante con un “Welcome to Jaimaica”… A fines del siglo XIX, el gobierno de Eloy Alfaro, estaba empeñado en su gran obra: la construcción del ferrocarril; pero los indígenas no soportaron el duro trabajo en los trópicos costeños, enfermaban y morían por el esfuerzo y por el paludismo. Los empresarios del ferrocarril decidieron traer trabajadores negros, de Jamaica, con cuyo esfuerzo y vidas se terminó el ferrocarril ecuatoriano. Los hermanos de raza de estos hombres, son la población dominante de este país caribeño, gentes de gran simpatía y mujeres de singulares formas y belleza. El cambio de cultura empieza enseguida, (idioma inglés aparte), y más al embarcar en el autobús porque el volante del conductor está a la derecha y se maneja por la izquierda, herencia de la colonia inglesa. Jamaica está en medio del Caribe: al Sur de Cuba; al encender una radio y buscar una emisora en español salen al paso estaciones cubanas. Desde el aeropuerto de Montego Bay, una hora de autobús basta para llegar a Runaway Bay, donde está el Royal Decameron Club Caribbean, singular estancia de 137 bungalows, cabañas octogonales de cónicos techos elevados, hechos de madera shingler que en invierno se expande y en verano se contrae, situadas en un ambiente campestre de playa y verdor. El amanecer invita a un paraíso: palmeras, platanales, bellas flores, un hotel de cabañas en medio de una plantación (¿o al revés?), donde el mar es protagonista, un mar de color fondo de botella que se pierde en lontananza. Ya de mañana: el viento pega y quienes gustan de la marina arman pequeños veleros, uno de los disfrutes de este hotel de múltiples servicios: playa privada, deportes náuticos, restaurante, bar, snaks a discreción, sala de juegos para niños, canchas de tenis, gimnasio, enfermería, área de masajes, se puede utilizar libremente embarcaciones que no sean a motor y hasta hay un cajero del Banco del Pichincha. En esta isla de 10.000 kilómetros cuadrados, algo más grande que la provincia del Azuay, unos 1.000 kilómetros de costa irregular, 2.5 millones de habitantes y donde se habla el dialecto regional llamado patua, hay mucho que ver. El visitante puede escoger entre múltiples opciones: la laguna luminosa, el Museo de Bob Marley, el Galeón de los Piratas, el contacto con los delfines o hermosas cascadas. De vuelta al hotel, en su bar con vista al mar, “la vida es más sabrosa”, como dice la canción, con el disfrute de cócteles de múltiples sabores preparados por hábiles manos de los barmans. Cerca de allí hay un escenario para celebrar bodas de las parejas enamoradas… Una de las opciones del visitante es, por el camino zigzagueante que conduce a Brawnstown, llegar hasta Nine Milles, el pueblo natal de Bob Marley, donde está la casa donde vivió el músico leyenda del género reggae, donde le recibirá el Capitan Crazy, peculiar personaje rass tafari, quien hace de guía y dice que no hay razón para temerle porque es vegetariano. Es la oportunidad para un encuentro con los rastas, seguidores de Marley, su música y conciencia religiosa. Se dicen discípulos de Haile Selassie, (1892-1975), último emperador de Etiopía, tenido como mesías negro, descendiente del rey Salomón. Los jamaiquinos lo adoptaron como modelo y establecieron una fe religiosa y cultural, el movimiento rass tafari, de la que Bob Marley fue su principal impulsor y ganó miles de seguidores… Otra vez en el hotel de bungalows para partir. En el camino está la Bahía de Santa Ana, visitada en sus correrías por Cristóbal Colón. La meta está en Dunns River Falls, una serie de pequeñas cascadas por donde se puede ascender, caminando contra la corriente torrentosa, venciéndola; ese es el reto: salvar las piedras resbaladizas y el agua veloz; antes, el entretelón es recibir en el cuerpo toda la fuerza correntía que purifica y satisface, en plena desembocadura en el Caribe.

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Montego Bay y la fantasía

Montego Bay tiene muchas sorpresas para el visitante. La segunda ciudad de Jamaica está situada al extremo oriental de la isla. Atrás quedaron la Bahía de Santa Ana, Colón, los rastas, Bob Marley. Aquí se respira una cultura más occidental. Una buena carretera bordea el mar y salva las montañas para llegar a Montego desde el otro lado de la isla, pasando por sitios como Saint James, donde la arquitectura jamaicana (clásicas casas de techos a cuatro aguas) se mezcla con la occidental… y está la vegetación, un mar verde, frondoso y tupido. La playa aquí es especial, las aguas son un límpido cristal de transparencia, invitadoras, incitadoras a un encuentro de los cuerpos con las olas y el sol: descanso, placer, relajación. Se puede gozar del nado y el snorkel. En Montego, a dos minutos a pie del Hotel Decameron Montego Bay, que aguarda al visitante, está Catamaran Dreamer, donde se puede contratar un viaje en catamarán alrededor de la bahía. Salir hacia el mar en este velero con motor, como si estuviera suspendido sobre dos canoas es un sueño, no solo por un placer de la navegación, sino por sentirla en su plenitud. Es un “hacerse a la vela”; luego, avanzar “con el viento en popa”, cuando el marino aproveche las corrientes aéreas para marcar la dirección de avance y las propelas del motor para darle propulsión. Es también, por instantes, navegar hacia el sol, lo que, en un atardecer es un espectáculo maravilloso y después, lo mágico. Los que se atrevan, disfrutarán de sumergirse para provistos de snorkel y aletas para los pies, tener una cita con los pulpos, peces, anguilas, serpientes marinas y ser uno más de los especímenes en este mundo de aguas puras a través de las cuales se puede contemplar este universo de fantasía. El catamarán avanza: por un lado saludan los pilotos de las motos acuáticas, por el otro canoeros y algunos paseantes en este gigante escenario del reino del agua…