La muerte del cóndor

Publicado el 2012/02/03 por Editorial



Juan Cárdenas Espinoza

Tomando el título de la obra de Vargas Vila, con su descarnada narración del bárbaro asesinato, arrastre e incineración de Eloy Alfaro y sus generales, al recordarse el primer centenario de aquel triste y luctuoso acontecimiento que llenó de vergüenza nuestra historia, caben en perspectiva algunas reflexiones, para rescatar lo incontrastable de la naturaleza revolucionaria de la lucha Alfarista y sus Montoneras, que nos legó un Estado laico, separado del tutelaje clerical y con ello, una educación igualmente laica y gratuita, una democracia fortalecida por una mayor participación popular, la promoción de la mujer con el reconocimiento de sus justos derechos, una gigantesca obra pública y sobre todo el emblemático ferrocarril de Alfaro para construir la verdadera unidad nacional. Ayer como hoy, las cúpulas de un poder arbitrario y hegemónico no concebían la idea de compartir sus privilegios con un pueblo empobrecido, ignorante, fanatizado desde el púlpito por sermones que conminaban al odio a cualquier cambio. Cómo se repiten ciertos ciclos de nuestra historia. Las columnas editoriales de la prensa de entonces, azuzaron al magnicidio para librarse del Viejo Luchador. Error en la crónica al afirmar que a Alfaro y su estado mayor les mató el pueblo de Quito. Fueron grupos preparados para ejecutar la consigna, entre prostitutas y malvivientes embriagados, quienes aupados por la soldadesca del Batallón Marañón, asaltaron las celdas de los presos y les mataron cobardemente y a sangre fría. Luego tiraron sus cuerpos a la calle, los ataron y en salvaje procesión sedienta de sangre, arrastraron a los inmolados a El Ejido. Pasaron por debajo de la ventana del palacio Arzobispal, donde el purpurado se asomó para asegurarse del cumplimento de la conjura, sin hacer nada para evitar tanta barbarie. A día seguido vino la condena del mundo. Freile Zaldumbide se lavó las manos, nadie fue culpado por ese crimen atroz. Eliminaron a Alfaro con la intención de acabar con sus ideas; éstas más bien germinaron en la ideología rebelde y transformadora de un nuevo proceso revolucionario empujado por un pueblo empoderado y protagonista de los cambios más urgentes por los que fue martirizado el “Cóndor de Montecristi”. Aquí una anécdota: el gerente general de la compañía inglesa constructora de nuestro ferrocarril, envió como lo había hecho a otras naciones, un generoso cheque a Eloy Alfaro, en reconocimiento a la adjudicación del contrato. Éste le devolvió el cheque con una escueta carta en la que le recomendaba cumplir y a tiempo con una obra de excelente calidad y que por lo demás nada le debía. Extrañado el gerente reconoció públicamente la prístina honradez de Alfaro, afirmando que en su larga trayectoria empresarial era la primera vez que un Presidente le devolvía una comisión. Mientras vivió, cuántas calumnias e infamias, catalogándolo como al mismo demonio. Después de su muerte esos mismos medios que azuzaron su aniquilamiento, hicieron la encuesta del siglo que reconoció a Alfaro como “el Mejor Ecuatoriano de todos los tiempos”. Recordemos la Historia para no volver a repetir los mismos errores.