Historia y gentes de Ludo en un libro

Publicado el 2013/05/05 por AGN



A 2.682 metros sobre el nivel del mar, en medio de las parroquias San Bartolomé, Cutchil, San José de Raranga y la urbana de Sígsig, con una superficie de 77 kilómetros cuadrados y cruzado su territorio por el río Bolo, está la parroquia Ludo. Sobre ella se acaba de publicar la “Monografía de Ludo”, en la que se da cuenta de su pueblo, su geografía, historia, fiestas, costumbres y sobre todo, su gente; la de ahora y la de antes, como el gran artista Gaspar Sangurima, su hijo más destacado.

San Antonio de Jararcar, Buenavista, Hato Bolo, Sérrag y Collana, son los cinco sectores históricos de la parroquia a los que surgen otras quince poblaciones a partir de la década de 1970, cuando se da lo que el autor de la obra, el sacerdote y abogado Bolívar Jiménez llama, la “diáspora ludense”.

Sarar, Loma Larga, Virgenpamba, Higuila, Yariguiña, La Dolorosa, La Esperanza, Cazhapugro, Capizhapa, Primero de Enero, La Paz, Tucto, Parana, Rumipamba y San Pedro de Morocho son las comunidades de esta parroquia sigseña, de colinas y verdor.

¿Y por qué Ludo se llama Ludo? Se sabe que a comienzos del siglo XVIII, Sebastián Jiménez, procedente de la provincia española de Lugo, se estableció con su esposa Manuela Chacón y cinco hijos, en el sector de Bolo y así fue que se le llamó “ludeño”, al hombre procedente de Lugo, de donde provendría el nombre de Ludo, dado luego a la población.

Historia

Ludo aparece como anejo de San Bartolomé, a partir de 1723, pero poco se sabe de esta y otras épocas, salvo que en principio el territorio era administrado por los caciques indígenas Ataribana. Un informe de la administración religiosa da cuenta que en 1808, Ludo tenía 94 casas y era dependiente de San Bartolomé, junto con Jima y Quingeo.

En 1863, la Junta Civil del Azuay eleva a Ludo a la condición de parroquia de Cuenca y un año después pasa a ser de Sígsig. En lo religioso, la orden dominicana sirvió por muchos años a los fieles católicos; el pueblo es parroquia eclesiástica desde 1908, a partir de lo cual tuvo una vida religiosa muy activa, incluso con dos maestros capilla que se encargaban del melodio del templo: Fidel Quituisaca y José Ayora.

Hasta 1958 no había carretera, tampoco luz eléctrica ni agua potable, tan solo entubada y con grifos comunales; el transporte se hacía “a lomo de acémila”. Hasta los años 50 funcionó una oficina de telégrafos y hasta 1995, una de correos. La luz eléctrica se instaló entre 1976 y 1979 y la carretera hacia Sígsig fue construida en 1982.

El autor del libro recuerda los cambios de época en el último medio siglo: la reforma agraria, la misa en castellano, las modas y la migración, ya sea hacia la Costa o hacia la ciudad y más tarde al extranjero, migración que en cierta forma detuvo el progreso del pueblo. Los cambios sociales y políticos siguieron con la facilidad de las comunicaciones y la modernidad. En 2001, Ludo eligió a su primera junta parroquial.

Costumbres de la vida diaria

Recepción de compadres:

Hace unas décadas, en Ludo, para comprometer a una pareja de esposos a ser padrinos de bautizo de un niño, se la visitaba con regalo de comida como el consabido cuy y para la fiesta se los recibía en casa de los invitantes con adornos florales, ovípara comida de caldo de gallina, cuyes y mote casado, fiesta que terminaba en un gran baile, no sin pasar por el rito social de, a la salida del templo, lanzar los capillos, o sea puñados de monedas que los padrinos arrojaban al aire, para solaz de niños e invitados.

Los matrimonios: El matrimonio de los “chazos”, como se llamaba a blancos y mestizos, se carecterizaba porque novio y novia llegaban al templo, desde la casa de la novia, a caballo, generalmente blanco; el sacerdote los confesaba y casaba, generalmente, sin misa. Luego había una recepción en la casa del novio y se volvía a la de la novia para seguir la fiesta. Las costumbres de los indígenas eran distintas. Ellos se aproximaban, como en procesión, encabezada por novios, padrinos y músicos que tocaban concertinas, violines y redoblantes hasta llegar a la iglesia y salidos de ella, iban hasta un campo para compartir la pampa mesa. Esto tuvo lugar hasta mediada la década de 1960.

Los velorios: Las mujeres indígenas solían entonar en llanto una letra improvisaba donde contaban la vida del fallecido; donde fue su hogar había que mover las cosas de la casa para evitar -según se creía- que su espíritu regresara a hacer “ruidos” y a los días del entierro, se reunían los familiares para en un río o quebrada, lavar la ropa de quien habían fallecido. A eso se le llamaba “el cinco”.

El cabildo: Era este un cuerpo colegiado, autoridad indígena que tenía un “Taita alcalde” y sus regidores; se nombraba quiperos, encargados de llamar a las reuniones, desde las colinas, por medio de la quipa (concha de caracol); también se designaba al síndico (administrador del templo) y a los doctrineros o catequistas.

Otras fiestas y costumbres: El lunes de carnaval, la fiesta de Copus, las escaramuzas, danzantes y contradanza, la natividad de la Virgen María, así como la “Quema de las barbas de San Pedro”, la noche del 28 de junio en que se visitaba a los vecinos para pedir chumales (humitas), eran costumbres tradicionales del Ludo de antaño. Los noviazgos, la recepción a los sacerdotes, los buses -primero de carrocería de madera y luego metálica-, que viajaban abarrotados de pasajeros, hasta en la parrilla, claro, cuando el mal camino lo permitía; la lectura de los bandos o disposiciones de la autoridad, desde el balcón de la casa del consejo, son algunos recuerdos que el autor expone.

Trabajadores: Las hiladoras de lana, los tintoreros que daban color a este material, los que trabajaban con la cabuya, los alfareros, zapateros, fabricantes de hormas para el tejido del sombrero, los artesanos que elaboraban vacas locas, castillos, indios lorenzos y castillos, los músicos…hallan su sitio en este libro, que cierra con las letras de los himnos de algunos planteles educativos de la parroquia, así como con el Himno a Ludo, inspiración del mismo autor de la obra que aquí se reseña, al igual que de la bandera y el escudo parroquial.

Hijo más ilustre

“Ludo tiene la gloria de haber producido uno de los más insignes artistas del Ecuador, Gaspar Sangurima, llamado el Lluqui”, (por zurdo), cita el autor de la obra una frase de Guillermo Segarra, para precisar que Ludo es la patria chica de este gran escultor, pintor, relojero y orfebre, que regaló al Libertador Simón Bolívar un botón de oro con su efigie. La admiración de Bolívar por este trabajo, le valió ser nombrado profesor de una escuela de Artes y Oficios que se fundó en Cuenca. Sus obras, entre ellas algunas magníficas imágenes del arte religioso, se pueden admirar en el monasterio del Carmen de La Asunción y el Museo de las Conceptas en Cuenca, o la capilla del Sagrario, en Quito.

150 años: Ludo cumplió el 10 de abril 150 años de vida política, pues fue creada el 10 de abril de 1863 como parroquia de Cuenca. Con ese motivo se realizaron los festejos con la participación de toda la población, tanto de los que hoy moran allí, como de los que han migrado a diferentes lugares del país.

Acto fundamental de estas festividades, convocadas por Darío Jiménez Alvarez, presidente de la Junta parroquial, fue una sesión solemne en la que se presentó los símbolos parroquiales: Escudo, Bandera e Himno.

* Juan Cordero Iñiguez, director de la Academia Nacional de Historia, hizo la presentación del libro “Monografía de Ludo”. Con este motivo se ha puesto en el aire una página web www.parroquialudo.com, auspiciada por la familia Jiménez Alvarez.


  • Bolívar Jiménez

    Mi gratitud sincera por el reportaje, tanto a su director, Dr. Nicanor Merchán Luco como a Sr. Re Otero, Lcdo. Angel Vera